Una dé las metas fundamentales de la educación católica hoy es “educar la libertad en libertad”.
No es una redundancia. No basta con reclamar la libertad en educación, sino
que hay que proponer la educación de la libertad y de la voluntad.
Para educar en libertad es necesario que los padres tengan libertad, tanto para
crear y sostener centros educativos como para elegir el tipo de educación que
quieren para sus hijos. Las ayudas o subvenciones de los Estados para que todos puedan ejercer este
derecho elimina discriminaciones de tipo económico o social. La democracia se hace
más efectiva cada vez que el Estado respeta la libertad de opción de las personas y no la
sustituye, ni fomenta monopolios.
La consecuencia de esta falta de atención a la educación de la voluntad es que la noción
de libertad se ha distorsionado. Para muchos jóvenes, e incluso para algunos adultos,
la libertad aparece como la facultad para “desentenderse de”, para romper cualquier lazo
o compromiso.
Se observa que se confunde lo que es la libertad con una especie de rebeldía romántica
que rechaza asumir cualquier tipo de responsabilidad o compromiso estable.
Sin embargo, en su sentido más pleno, la libertad es la facultad de “comprometerse con”
una participación en el Ser mismo.
La libertad es una facultad activa y constructiva, cuyo ejercicio responsable resulta
imprescindible para el bien común de una sociedad.
Resumen extraído de:
La publicación Aleluya por El Cardenal Arzobispo de Valencia, fecha 18-05-08
